La irrupción de la inteligencia artificial generativa (IAG) en las aulas universitarias españolas es ya una realidad que ha llegado para quedarse. Así lo destacan María Dolores Vivas Urias, directora de Innovación de la Universidad Alfonso X el Sabio (UAX), y María Auxiliadora Ruiz Rosillo, responsable de innovación pedagógica de la misma universidad, en una reciente entrevista en El Confidencial, donde analizan el impacto de estas tecnologías a partir de su experiencia y del libro que han coordinado: Inteligencia artificial generativa. Buenas prácticas docentes en educación superior.
Oportunidades: personalización, inclusión y eficiencia
Las expertas subrayan que la IAG supone una gran oportunidad para acelerar procesos, optimizar tareas repetitivas y mejorar el desempeño tanto de docentes como de estudiantes. Para el profesorado, estas herramientas pueden ser aliadas en la preparación de clases, la elaboración de exámenes o la generación de materiales didácticos. Para el alumnado, la IA puede facilitar el aprendizaje personalizado, adaptándose a los diferentes estilos y ritmos, algo especialmente valioso en grupos numerosos o con alta diversidad, incluyendo estudiantes con discapacidad1.
Aunque la promesa de una personalización total aún no es una realidad, los avances apuntan hacia un futuro en el que tutores virtuales y materiales adaptativos acompañen al estudiante más allá del aula, ampliando las posibilidades de aprendizaje y profundización en los contenidos1.
Retos: ética, privacidad y evaluación
Sin embargo, los riesgos asociados a la IAG son igualmente significativos. Más allá de la preocupación por el posible uso fraudulento de estas herramientas (por ejemplo, para hacer trampas en trabajos o exámenes), Vivas y Ruiz insisten en que los mayores desafíos están en la seguridad, la privacidad y el uso ético. ¿Dónde van los datos generados por los estudiantes? ¿Quién los controla? ¿Qué permisos se están aceptando al utilizar ciertas aplicaciones?1
En cuanto a la evaluación, las expertas defienden que no basta con entregar un trabajo escrito: la evaluación debe ser formativa y centrada en la adquisición de competencias reales. Proponen una combinación de tareas presenciales y el uso responsable de la IA, dejando claro al estudiante cuándo está permitido su uso y cuándo no. La clave está en la integridad académica y en el desarrollo del pensamiento crítico, más que en la simple detección del uso de IA, ya que actualmente no existen herramientas infalibles para identificar textos generados por estas tecnologías1.
Adaptación curricular y formación docente
Otro de los retos acelerados por la IA es la necesidad de mantener los planes de estudio actualizados y alineados con las demandas cambiantes del mercado laboral. La UAX, como universidad privada, ha implementado un observatorio de impacto tecnológico y ha formado a todo su profesorado en el uso de IA generativa, apostando por una estrategia planificada y un liderazgo académico fuerte para evitar la improvisación1.
El futuro de la docencia universitaria: la IA como apoyo, no como sustituto
A pesar de los rápidos avances tecnológicos, tanto Vivas como Ruiz coinciden en que la figura del profesor no desaparecerá. La enseñanza es, ante todo, una actividad humana y socializadora. La IA puede ser un acompañante, un apoyo 24/7, pero la evaluación y el seguimiento del aprendizaje deben seguir siendo responsabilidad de personas. Las recomendaciones de la UNESCO y la normativa europea insisten en mantener el principio de agencia humana en la educación1.
Además, las expertas recuerdan que, aunque la IA promete mucho, aún no existen grandes estudios que demuestren de manera concluyente que potencia el aprendizaje. Los resultados actuales son contradictorios y se basan en experiencias muy limitadas, por lo que estamos en un terreno de promesas más que de certezas1.
Conclusión
La inteligencia artificial generativa abre un abanico de posibilidades para transformar la educación superior, pero plantea también retos éticos, metodológicos y organizativos de gran calado. La clave está en encontrar el equilibrio: aprovechar las ventajas de la tecnología sin perder de vista el papel central del profesorado y la necesidad de un aprendizaje verdaderamente humano, inclusivo y ético1.
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