IA y creatividad en la educación: la equidistancia entre el alivio y la pérdida del pensamiento propio

Fuente: Image by Karolina Grabowska from Pixabay

A partir de la lectura de un ensayo publicado en el New York Times que me ha hecho llegar una amiga de la familia, profesora universitaria, mitad americana mitad española, me permito escribir (también con ayuda de LIA a modo de «pasante»), primero un resumen del artículo mencionado y luego mi opinión personal. De igual manera podéis dar lectura al artículo completo al que me refiero, en el enlace que aparece al final de esta entrada.

La irrupción de la inteligencia artificial en el aula no es una fantasía futurista: ya está aquí, transformando la forma en que los estudiantes, incluso desde la primera adolescencia, leen, investigan, escriben y, en última instancia, piensan. El testimonio de Meghan O’Rourke, editora de The Yale Review y profesora de escritura creativa, ofrece una perspectiva privilegiada sobre este fenómeno, a caballo entre la fascinación, la utilidad y la inquietud. ¿Qué significa para la educación —sobre todo para disciplinas como la historia y la geografía, pero también para la lengua y la literatura y para la escritura creativa— que las máquinas sean capaces no solo de corregir textos, sino de generarlos, resumirlos, estructurarlos e incluso imitar nuestra voz?

La seducción de la IA: cuando la máquina nos conoce (y nos alivia)

O’Rourke cuenta su experiencia inicial con ChatGPT: el programa no solo la reconoció como autora, sino que fue capaz de sintetizar con precisión su estilo y valores literarios. El impacto emocional es claro: sentirse “vista” por una máquina genera una mezcla de halago y extrañeza. Pero la IA no se limita a halagar: también alivia. Para una profesora, madre, editora y paciente crónica, la capacidad de delegar tareas logísticas y administrativas resulta liberadora. Correos, listas de tareas, descripciones de puestos… la IA puede abordar el “trabajo invisible” que suele recaer en padres y docentes sobreexigidos.

Este es un punto relevante para los profesores: la IA puede ser una aliada en la gestión de la carga mental, permitiéndonos dedicar más energía a la creatividad y a la relación humana en el aula, y esta es una ventaja maravillosa. Sin embargo, esta utilidad tiene un reverso. Como señala O’Rourke, cuanto más se personaliza la interacción con la IA, mejor funciona, pero también más difícil resulta distinguir entre nuestra propia voz y la de la máquina. La línea entre herramienta, colaborador y autor se difumina. Siempre que le demos a la IA la misma importancia que a nosotros mismos. No, o eso creo, si sólo la tratamos como un ayudante aventajado.

Los límites de la imitación: el riesgo de la “papilla intelectual”

La IA, especialmente en sus modelos más avanzados, es capaz de producir textos coherentes, fluidos y aparentemente profundos. No obstante, como bien señala O’Rourke, hay algo artificial en su prosa: es “concisa, decidida, rítmica”, pero carece de la textura, la duda y la huella humana que caracterizan a la gran literatura y al pensamiento crítico genuino. Sus respuestas son miméticas, no pensadas. El resultado puede recordar a la “comida procesada”: fácil de digerir, pero con un regusto insatisfactorio.

Esta “papilla intelectual” no es inocua. Estudios recientes del MIT Media Lab sugieren que quienes redactan con IA muestran menor conectividad cerebral, peor recuerdo de lo escrito y un sentido de propiedad menguado sobre su propio texto. La “deuda cognitiva” es real: delegar el acto de pensar debilita la musculatura mental que la educación debe fortalecer.

Por eso eso necesario revisar sus «borradores» y terminar de cocinarlos a «fuego lento», para darle textura, coherencia, profundidad y belleza. Y para no entrar en «deuda cognitiva».

El desafío para las humanidades: ¿qué enseñar y cómo evaluar?

El caso de la escritura creativa es paradigmático, pero las humanidades en general —historia, geografía, filosofía— enfrentan retos similares. Si la IA puede resumir un texto, estructurar un ensayo o incluso “analizar” un poema, ¿qué sentido tiene pedir a los estudiantes que lo hagan por sí mismos? La tentación de externalizar el pensamiento es poderosa, sobre todo en un sistema educativo que valora más el producto (la nota, el currículo) que el proceso (la reflexión, la duda, el error).

O’Rourke propone repensar la evaluación: tal vez deberíamos eliminar las calificaciones tradicionales en ciertas asignaturas, optando por un sistema de “aprobado/suspenso” que priorice el esfuerzo y la autenticidad. También sugiere recuperar la escritura en clase, supervisada y sin acceso a IA, así como ser más explícitos en la definición de usos permitidos de estas herramientas en las que el alumno debe explicar el proceso seguido, presentar los prompts escritos para solicitar ayuda a la máquina y sus conclusiones personales tras la lectura de las entradas de la IA, poniendo en común en clase estas cuestiones con el resto de alumnos y docente.

¿Qué perdemos cuando ganamos eficiencia?

La escritura, como señala Susan Sontag, es ante todo un acto de atención al mundo. Cuando un estudiante (o un profesor) delega esa atención en una máquina, pierde algo más que una habilidad: pierde la oportunidad de descubrir, de equivocarse, de reformular. La creatividad humana surge de la incertidumbre, del tiempo dedicado a descifrar lo que al principio no se entiende. La IA, en cambio, ofrece respuestas rápidas, pero planas.

Como docentes, debemos preguntarnos qué tipo de ciudadanos y pensadores queremos formar. ¿Es suficiente con que sepan usar herramientas digitales, o queremos que sean capaces de pensar por sí mismos, de maravillarse ante el mundo y de contarlo con voz propia?

La paradoja final: la máquina que nos recuerda lo humano

En una ironía digna de los mejores ensayos, ChatGPT le dijo a O’Rourke: “El estilo es la huella de la atención. La escritura, como acto humano, resiste la eficiencia porque encarna el cuidado.” La máquina, al imitarnos, nos recuerda lo que nos hace únicos: la capacidad de prestar atención, de maravillarnos, de contarlo.

Opinión personal

Como profesores de geografía e historia, no podemos ignorar la IA, pero tampoco podemos entregarle el núcleo de nuestra tarea; en este caso concreto el de revisar el borrador de este artículo y mejorarlo hasta hacerlo propio nos permite mantener centrada nuestra atención en el núcleo de la tarea.

El reto en las clases es integrarla sin abdicar de lo esencial: formar mentes curiosas, críticas y creativas, capaces de distinguir entre la eficiencia y el sentido, y entre la imitación, la creación propia y la invención.

El aula del futuro deberá ser un espacio donde la tecnología alivie cargas, pero nunca reemplace la aventura —a veces incómoda, siempre transformadora— de pensar por uno mismo.

Para saber más:

Las seducciones de la IA para la mente del escritor.

PorMeghan O’Rourke

La Sra. O’Rourke es la editora ejecutiva de The Yale Review y profesora de escritura creativa en la Universidad de Yale. 18 de julio de 2025

https://www.nytimes.com/2025/07/18/opinion/ai-chatgpt-school.html?unlocked_article_code=1.XU8.wVI7.yON_swKnuXCr&smid=nytcore-ios-share&referringSource=articleShare

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