En el mundo de la empresa —y podríamos decir también en la vida cotidiana— existen personas que saben elegir muy bien a sus compañeros de viaje. No solo hablamos de grandes líderes industriales o empresariales, sino de aquellos que, con su experiencia y su sabiduría práctica, son capaces de dejar enseñanzas que trascienden el tiempo y sirven de guía para comprender mejor las relaciones humanas, el trabajo en equipo y, en última instancia, la manera en que construimos sociedad.
El consultor Antonio Lamadrid recoge una anécdota de Henry Ford que ilustra de forma magistral esta idea. Ford debía elegir entre dos candidatos para trabajar en su planta de producción. Ambos contaban con una formación excelente, de modo que el empresario decidió invitarlos a cenar para observar algo más allá de lo que mostraban sus credenciales.
Durante la comida ocurrió un detalle aparentemente insignificante, pero revelador: al servir la carne, uno de los candidatos probó el plato y, al notar que estaba algo soso, añadió un poco de sal. El otro, sin probar antes, echó sal directamente. Al finalizar, Ford no dudó: contrató al primer aspirante. El segundo, sorprendido, preguntó por qué había sido descartado. La respuesta de Ford fue clara: había tomado una decisión basándose en una idea preconcebida, sin comprobar los hechos.
Este gesto encierra una lección profunda. No se trataba de saber de ingeniería, sino de entender cómo las personas enfrentan las situaciones. La actitud del candidato que esperó y probó antes de actuar transmitía prudencia, observación y criterio propio; la del segundo, precipitación y juicio previo sin información suficiente. En esencia, es la diferencia entre actuar con sabiduría o dejarse guiar por ideas preconcebidas.
Más allá de la aptitud: la actitud como clave
En educación solemos insistir mucho en la adquisición de conocimientos y competencias, lo que podríamos llamar la aptitud. Sin embargo, tanto en las aulas como en el entorno laboral, no basta con saber mucho; es incluso más importante cómo enfrentamos lo que no sabemos, cómo tomamos decisiones, cómo tratamos a otros.
Elon Musk ha afirmado que cualquier conocimiento puede adquirirse, pero que cambiar una actitud exige “un trasplante de cerebro”. Y no anda desencaminado. Ya a mediados de los años 80, un estudio de la Universidad de Harvard apuntaba que el 75% de la profesionalidad de una persona depende de su actitud, y solo un 25% de su aptitud.
¿No pasa algo parecido en nuestras clases? Hay estudiantes brillantes que no logran trabajar en equipo o que se bloquean ante la crítica, mientras que otros, quizá menos destacados académicamente, muestran disposición, curiosidad, empatía… y terminan alcanzando resultados más valiosos a largo plazo.
Para saber más:
https://www.eldiariomontanes.es/opinion/antonio-lamadrid-empresabios-20250817072756-nt.html
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